El pasado 8 de noviembre murió el Ingeniero Agrimensor Carlos Tatián, abnegado profesional, enorme narrador de historias y notable ser humano que, entre tantas cosas, elaboró un profuso trabajo para establecer y argumentar derechos limítrofes en cuestiones de ejidos municipales. Lamentablemente, su loable tarea en pos de resolver la problemática que tiene Saldán con su mentada “zona de convenio” con Córdoba, nunca fue puesta en valor por las autoridades municipales.

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Carlos Tatián

Su amigo –y vecino de Saldán– Antonio Moro, le dedicó las siguientes palabras (muy emotivas por cierto):

Dejó este mundo Don Carlos Tatián,

aunque no lo ví ayer ni hoy en su mudanza etérea,

presumo que no quería dejar los patios

donde vivía el placer de las músicas con su violín

con Américo en el bandoneón, o Juan o Ale en las guitarras

ni dejar la cocina donde con su mujer, Chiche,

mejoraban la receta de la felicidad.

 

Disfrutaba de la familia como un patriarca.

Cada hijo era un don para él, no un orgullo.

Los nietos el futuro benévolo de la humanidad.

 

Cuidó los jardines con la paciencia del padre amoroso.

Bebió el vino con el conocimiento de los catadores,

con amor adolescente.

 

Discutía este mundo amañado en la pobreza de espíritu,

discutía la falta de nobleza,  discutía la falta de humildad

discutía  los arribistas que se encaraman en el poder.

Sabía que las ciudades eran un desmadre

de la ambición inmobiliaria, hijas de la soberbia del poder.

Y también sabía que eran un consuelo en forma de bares, clubes,

librerías, capillas de cualquier índole, pero todas necesarias.

Aunque nada de meter la mano en bolsillo ajeno.

Los hogares como fundaciones de los que sueñan con un mundo mejor .

Renunciando por un rato a su escepticismo, creía en la aventura del hombre

si fuera capaz de contenerse en su consumo.

Encarnó al hombre bueno y honrado con la sencillez de su pasión.

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Fue un armenio dolorido por la tragedia de su pueblo

No como otros que siendo armenios le dicen “turco” y les da lo mismo.

Leía a Grossman o Pamuk, a Marai o Borges.  Admiraba a Parajanov.

Pero el conocimiento no lo mareaba, ni engolaba,

él veía el hombre o la mujer, sensibles en las cosas de la vida.

 

El pueblo de Saldán no lo sabe, pero le debe

la tierra pensada por su talento agrimensor, contada

por su memoria de la historia que no puede ser ocultada

ni omitida, ni desdibujada. Le debe su olfato que recorrió

sus sierras impregnadas de manantiales y las amojonó

para decirle a los saldanenses: “ Esto es de ustedes, no lo pierdan.”

Pero él ya se dolió cuando Saldán perdió su agua mineral,

otra vez testigo como sus antepasados, de los desmanes silenciados.

Otra utopía habiendo el lugar, el pueblo, para enraizarla.

 

Se fue Don Carlos y no pude despedirlo.

Me quedé en mi casa recordando nuestras charlas,

sus gestos indicando los límites, no sólo agrimensores,

su mano buscando otro cigarrillo para el énfasis

para la vuelta, el rulo del pensamiento conversado.

Pensaba si él no prefería  la intimidad familiar para su último viaje.

Pensé que me corregía: “No Cacho, los velorios son una excusa más

para el encuentro de los amigos que me recordarán

en sus palabras o sus silencios”.

 

Antonio Moro, in memoriam de Carlos Tatián

Antonio Moro: Ha publicado los libros de poemas: “Camino del escarabajo” (Ed. Argos, Córdoba, 1990);  “El correo llega al laberinto” (Ed. Argos, Córdoba, 1993); “La noche el día vacío que el amor corona” (Alción Ed., Córdoba, 1998) ; “Mano de cielo” (Ed. Argos, Córdoba, 2003) y “Otra sombra en el árbol” (Ed. Letras y bibliotecas Córdoba, 2013); la plaqueta: “Hotel” (Ed. Radamanto, Villa María, Pvcia. Córdoba,  2000). Ha publicado en diversas revistas y antologías, entre ellas: “Entresilences / Entresilencios” Neuf poetes argentins, por Pablo Urquiza, (Ed. Bilingüe en L’Inventaire, París, Francia, 2004).