Por Soledad Santander 

La frase es atribuida a Don Quijote, la gran obra de Miguel de Cervantes, pero no le pertenece. Quien la haya escrito, Julián Bronstein se encarga de convertir esa frase en realidad.

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“La ASA me hizo dejar de pensar en mí mismo y en la plata como meta”.

Entre risas, confesó que es inquieto. Su hoja de vida, habla por sí sola. Con 30 años, estudió tres profesiones y se recibió en 2009 de Martillero y Corredor Público, cuando falleció su papá y necesitó la matrícula para continuar el negocio familiar. Es músico, cocinero y clown, “que me definen más que cualquier otro título”, aseguró. Él es Julián Bronstein, un villaallendense más, aunque no vive en nuestros pagos. Su vida está íntimamente ligada a la Villa: es Presidente de Rosas y Espinas Asociación Civil, profesor de la Academia Solidaria de Arte y Coordinador General de la Secretaría de Desarrollo Humano de la Municipalidad.

En 2010, Julián atravesó una pequeña crisis existencial porque el negocio inmobiliario no lo satisfacía. “Le tuve que rematar la casa a una señora que había quedado viuda, con cinco hijos menores. La comisión me servía para vivir cuatro meses, pero a cuesta de eso, ellos se quedaban en la calle. Si bien era legal, no me sentía bien”, recordó. En busca de respuestas, decidió acompañar a su hermano que se iba a vacacionar de mochilero a Uruguay. Al regreso, decidió dejar su trabajo hasta entender qué le estaba pasando.

ASA, el punto de inflexión

Julián resolvió desarrollar su faceta artística y comenzó a buscar lugares para tocar con su banda y generar algún tipo de ingreso. En esa búsqueda, apareció la Academia Solidaria de Arte (ASA), que es la ONG del proyecto Rosas y Espinas, y su fundador, Martín Gómez, quien le ofreció brindar clases de batería. “Era algo sencillo y sentí que me iba a ayudar a lavar varias culpas”, confesó el músico.

Su primer clase como profesor fue ante 35 chicos que aprendían sobre una silla. “Ese día me voló la cabeza, como ninguna otra experiencia. Conocer la realidad de unos pibes con los que nunca me hubiese juntado por barreras sociales autoimpuestas, me hizo descubrir que lo que yo sabía hacer le servía a alguien”, explicó. Para el antiguo Julián, “la riqueza era tener la billetera llena de plata”. Para el nuevo Julián, “hay otro tipo de riqueza más importante que es la posibilidad de compartir con alguien, algo que de otra manera no podría acceder o no sabía que podía acceder”.

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“No hablemos más de negro de mierda, de villero, hablemos de personas, de pibes”.

Experiencia internacional

Global Shapers es una iniciativa del Foro Económico Mundial para la creación de una red de jóvenes que buscan mejorar el mundo. Julián es uno de sus miembros, al igual que otros vecinos de la Villa (Leticia Bello, Santiago Calvimonte y Gabriela Socias). En agosto, el Presidente de Rosas y Espinas viajó a Ginebra, donde se desarrolló el Encuentro Anual de Curadores de Global Shapers Community.

¿Qué significó ese viaje para vos?

Al principio dije quién soy para venir a hablar, en cualquier momento se van a dar cuenta que no tengo que estar acá. Nosotros le decimos el “Síndrome del Impostor”. Después descubrís que hay gente de afuera que encuentra en lo que estás diciendo, la solución a algún problema que tienen. En lo personal, significó una ayuda a mi baja autoestima. Hay algo bueno que estamos haciendo acá y que no es por mí, sino que hay un montón de gente que tracciona.

En una entrevista dijiste que para cambiar el mundo, tenemos que empezar por nuestro alrededor. ¿Podemos decir que vos la aplicas en tu vida cotidiana?

Esa frase se la robé a Martín Gómez, son cosas que aprendí en la ONG. Donaba a Greenpeace y África y acá, a menos de 20 kilómetros de mi casa, hay pibes que se mueren de hambre, que no tienen ropa, que no pueden ir al colegio. Probablemente haya gente en África que pueda ayudar allá, yo puedo ayudar en Villa Allende, estando al servicio de algo que sea constructivo para la ciudad.

Narciso, el payaso

“Narciso es un payaso que pelea contra sus fracasos, que se enfrenta a ellos hasta que consigue una respuesta, que puede ser o no la que necesita la resolución del conflicto, pero él lo va a hacer igual porque abraza esas cosas negativas que socialmente no son aceptadas”, explicó. “Si yo hago el ridículo como Julián, me voy a poner colorado porque soy tímido, me tropiezo, tartamudeo, hablo rápido, me como las ‘eses’. Aprendí a usar eso con el payaso, como un mecanismo para potenciar lo que hago”, analizó. Hoy, Narciso y Julián asisten a charlas en la Universidad Siglo 21, en distintas organizaciones, en empresas y entes del Estado.